Madrugar
A lo que iba: soy de los que, a no ser que tenga una cita mañanera o vaya a salir de viaje, jamás pone el despertador. Y cuando lo pongo rara es la vez que no tengo los ojos abiertos antes de que suene. Me gusta madrugar. Las pocas veces que sigo en la cama después del amanecer estoy un rato enfadado porque me mosquea pensar que el mundo ha empezado sin mí. Hoy a las seis estaba sentado al raso, la primera taza de café en la mano. Aún era de noche. Camiseta, pantalón corto. Sonreía al recordar lo que escribí el otro día sobre el verano porque, precisamente, sentarme al fresco con una taza de café al amanecer en camiseta y pantalón corto sólo lo puedo hacer en verano. Y es una de las mejores formas de empezar el día. Apenas el ruido lejano de un motor en la carretera. Alerta ante cualquier movimiento, como un depredador. Pensando. Me gusta. No tarda en llegar mi viejo amigo, moviendo el rabo. Me regala unos cuantos lametones y se tumba a mi lado. Ahora ronca feliz mientras tecleo este artículo. El segundo de hoy. El primero lo colgaré más adelante. Ya os diré por qué. Ahora estaré un rato corrigiendo mi nuevo cuento y luego me largaré a desayunar y a otras batallas que nada tienen que ver con el oficio de juntar letras. O sí: al cabo, lo de escritor no es un traje que te pones y te quitas. Lo llevas siempre.
Pero el día ha empezado bien, por el madrugón, sobre todo. En las mañanas así me acuerdo del principio de Gladiator, el general que interpretaba Russell Crowe paseando en silencio por el campo antes de la batalla, acariciando la hierba. Él tampoco usaba despertador. Feliz, antes de que el día se complicase. Antes de morir quizá. Nunca sabes lo que pasará cuando comience la batalla.

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