Cine de verano



Algunas noches monto una suerte de cine de verano: una butaca, una mesa donde colocar la supertableta que uso para dibujar, auriculares de diadema, una bebida en copa de balón o en vaso labrado, me gusta el tacto y sentir el peso, a veces un helado, y me zampo una película al raso. Selecta nevería, anunciaban los cines de verano cuando era un crío. Pocos placeres tan sencillos y tan rotundos. Anoche tengo listo el tinglado para la proyección cuando recibo el mensaje de una amiga. Me cuenta que ha visto una película que recomendé el otro día en las redes, que le ha encantado. Que siempre sigue mis recomendaciones y que nunca la defraudan. Valga este reconocimiento desde aquí (sé que lo leerá) para darle las gracias. Uno escribe y procura no aburrir y también aportar algo, sin saber muy bien qué y mucho menos si llegará a los demás. Comprobar que el tiempo invertido en juntar letras sirve para provocar alguna reacción da sentido a muchas cosas. Al cabo, los escritores (me arriesgaré a usar el plural, aunque hablo por mí, claro) queremos seducir. Todo el tiempo. Que nos miren embelesados mientras contamos. Que se enamoren de nosotros.
            Los lectores pata negra sabéis mi pasión por las del Oeste. Sobre todo por las antiguas. Los de mi generación hemos tenido suerte: raro era el sábado por la tarde que no ponían una del Oeste. O una de Tarzán. O una de aventuras. En mi caso, y presumo que también en el de muchos, era doblemente afortunado porque mi padre las había visto todas y me decía: “Esta te va a gustar.”

La que vi anoche bajo un manto de estrellas era de las que se emitían en Sábado Cine, seguro. Demasiado oscura y compleja para ponerla tras el almuerzo. Recordaba su final con nitidez a pesar de que como mucho tendría diez años cuando la vi. Kirk Douglas intentaba cruzar la autopista a caballo, de noche, bajo una tormenta. Sólo me acordaba de eso: un western en blanco y negro que sucedía en la época equivocada. Más de cuatro décadas después seguía teniendo presente el tormento del protagonista. No extrañará esto a mis lectores: me fascinan los personajes atormentados. No recordaba nada más (por suerte, mi memoria también tiene sus límites): ni al espléndido personaje que interpreta Walter Matthau ni que el guion lo firmaba Dalton Trumbo. Ahí es nada. Ni siquiera imaginaba que Acorralado está inspirada esta historia, sin duda. No estoy seguro de si es un homenaje, un remakeo un plagio descarado: un héroe de guerra fugado de la cárcel al que la policía persigue por las montañas, un helicóptero derribado…

Muy pocas de las películas de ahora me interesan como aquellas. De las que he visto este año, ya lo he contado aquí, sólo salvaría tres: Cerrar los ojosHorizon El hombre bueno. Sólo añadiría La sociedad de la nieve, pero detrás de las anteriores. La segunda es un western y en la primera hay un hermosísimo homenaje al western, qué casualidad. De las que vi el año pasado guardaría Modelo 77, Babylon Saben aquell. Es un problema mío, supongo. Sin embargo, volvería a ver (y espero que alguna de ellas caiga, si es posible, antes de que el verano acabe y a la luz de la luna) Camino de la horca (aunque la volví a ver hace pocas semanas), La pradera sin ley (sólo recuerdo las cicatrices de las alambradas en la espalda de Kirk Douglas, la vi de niño), El último atardecer (sólo un tipo valiente como Kirk Douglas se atrevería a sugerir el incesto en una película de entonces, y además del Oeste), El último tren de Gun Hill (aunque la sepa de memoria: es de mis favoritas), Duelo de titanes (aquí también sale Burt Lancaster, qué más queréis) o El día de los tramposos (otro personaje ambiguo, oscuro). En todas está Kirk Douglas y todas son del Oeste, ya lo sé, ¿y qué? La vida es un poco más soportable si te gustan las viejas películas.

Sentaos a ver alguna vieja película antes de que termine el verano, bajo las estrellas. Si además se acurruca a vuestro lado alguien que os quiera, no por vosotros, sino a pesar de vosotros, o viceversa (“A veces no necesitamos a alguien que nos arregle, a veces, sólo necesitamos a alguien que nos quiera mientras nos arreglamos nosotros mismos”, Cortázar dixit) desearéis detener el tiempo. Eso no es posible, por desgracia. Ya lo sabemos. Pero gracias a tantas viejas y buenas películas se pueden multiplicar esos ratos. 

Quizá sea una hermosa forma de parar el tiempo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024 

 

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