La hora de los solteros


Parece que Tinder tiene las horas contadas. Una lástima, porque parecía una alternativa estupenda a quienes nunca le hemos visto la gracia a eso de apostarnos en la barra de un bar para preguntarle a alguna chica solitaria algo tan ridículo como “¿Estudias o trabajas?”; o que nos lo pregunten. Pero el mundo evoluciona, que diría Heráclito (ya lo sé: la referencia presocrática de cultureta no sirve más que para que te miren raro, pero cada uno es como es), y parece que la razón del fin de las aplicaciones de citas, al menos tal y como las conocemos, es algo tan prosaico como los pasillos del supermercado. Ensimismado como estoy entre libros y películas no me había enterado y desperdiciaba mi precioso tiempo yendo a comprar cuando creo que hay menos gente. Maldita manía mía la de evitar las aglomeraciones. Me entero por la prensa de una corriente que emerge con fuerza. El código secreto, o sólo apreciable para los solteros con ganas de conocerse, es ir al supermercado entre las 19 y las 20 horas. Una suerte de hora feliz para ligones, aunque nunca estoy seguro de la felicidad por dejar de estar soltero. Creo que sólo pasa en Mercadona, pero supongo que se extenderá por todas las cadenas de supermercados. La contraseña, parece, es llevar piña en el carrito. Palabra. Más de una de estas frutas tropicales me he zampado. Valga como justificación a mi soltería haberla puesto en el carrito a la hora equivocada. Pero como también puede ser un arma de doble filo he preferido gastar un rato de esta tarde de agosto para advertiros. Imagino a un incauto (o a una incauta: ya sabéis, cuando es necesario arrugo la nariz y me someto al lenguaje inclusivo) con antojo de merendar piña sin saber el riesgo de comprarla a las siete de la tarde, la hora a la que los depredadores (o depredadoras, que también las hay) esperan agazapados (y agazapadas), como los cocodrilos que acechan en el río a los pobres ñus que ya no pueden aguantar la sed. Tengo que seguir investigando sobre esto.

Hasta ahora he podido averiguar que hay que colocar la piña boca abajo en el carro, ir a la sección de vinos y esperar a que Cupido haga su magia. Pero como avizoro que las piñas pronto van a escasear, no descarto que otros productos sirvan, o servirán, de reclamo, de código secreto entre personas receptivas a encontrar pareja. Escalofríos me da pensar en las estanterías de las verduras y en las de la fruta: las peras no me gustan, ni los melones; sin embargo, los pepinos y los calabacines sí y no quisiera ser malinterpretado. Espero que sea una moda pasajera. Tinder es más sano, sólo hablas con quien te apetece y si alguien se pone pesado basta con deshacer el match. Bien mirado, hasta eso de “¿Estudias o trabajas?” ya no me parece tan malo. 

 © Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024

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