Segunda línea



 


Me gusta el verano, pero lo preferiría más corto. Este no me está resultando muy pesado todavía. Veremos cuando llegue octubre y me asalte la nostalgia del invierno al abrir el armario y mirar las botas y las bufandas criando telarañas. Lo de las telarañas es metafórico. Mejor aclararlo para quienes no comprendan que en todo, o en casi todo, puede habitar más de un sentido. Aprovecho para ir a la playa cuando puedo, que no es siempre; o cuando me apetece, que tampoco es siempre. A un rato de donde vivo están algunas de las mejores que conozco. El problema es que mucha gente piensa lo mismo. Lo normal, vaya. No se trata de caer en ese estúpido lugar común y decir que los demás son turistas y tú eres un viajero. Lo segundo parece más glamuroso, más elitista. Pero los viajeros no van a la playa con sombrilla, toalla, sombrero y crema protectora; y durante el verano en el maletero de mi coche hay una sombrilla, una toalla y crema protectora; hasta una butaca. También es cierto que los paraísos van desapareciendo. En los sitios que antes lo fueron (no hace tanto, joder, sólo un cuarto de siglo) como en un milagro bíblico ahora se han multiplicado las urbanizaciones, los hoteles, los bares y los camareros antipáticos (aunque no sea su culpa, aunque estén hartos de clientes y de cobrar una miseria), los chiringuitos frente a la orilla compitiendo en decibelios cuando el sol se hunde en el horizonte. Porque alguna ley debería dictar que durante el crepúsculo todo el mundo guardase silencio. 

Soy yo, supongo. Bueno, no lo supongo: lo tengo claro. Tal vez toque buscar paraísos en otra parte. Los idealistas siempre nos empeñamos en lo imposible. Por eso somos idealistas. Por eso pensamos que aún quedan sitios así. Cousteau decía que conocía lugares que no estaban en ningún mapa y jamás los revelaría. Suele pasarme cuando encuentro un sitio especial: me lo reservo, como un tesoro, para volver cuando me dé la gana, solo o con quien merezca la pena. Presiento que los paraísos veraniegos ahora se encuentran tierra adentro, aunque sólo sea un poco tierra adentro. Esa segunda línea en la que con suerte se ve o se intuye el mar a cierta distancia. Lejos de la batalla. Lejos del ruido. Quizá uno alcanza un punto en el que la segunda línea se convierte en una meta razonable.

Y ahora no hablo de la playa. O no hablo sólo de la playa.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024 


 

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