Master and commander
En mi cuaderno anoto los títulos de las películas que veo y los libros que leo. Alguna vez lo he contado. Si me gustan mucho, pongo un asterisco. Si me parecen excepcionales, pongo dos. Por alguna razón, las películas van en la izquierda de la página y los libros a la derecha, todo ordenado por meses. Los títulos de la derecha duplican, y a veces triplican, a los de la izquierda. No escribo los títulos de las películas que empiezo y abandono al cabo de un rato o los libros que cierro para no volverlos a abrir tras unas pocas páginas. Son más las películas que me aburren que los libros que no aguanto. En lo que lleva de año sólo he puesto dos asteriscos en dos películas que, según parece, no han gustado a la mayoría: Cerrar los ojos y Horizon. Ambas rondan las tres horas. El otro día empecé a ver la serie Those about to die (Roma y Anthony Hopkins como Vespasiano) y sólo conseguí terminar a trompicones el primer episodio. Qué despropósito. No sé, igual me equivoco y me atrevo con el segundo, en verano me aburro mucho, pero no me apetece.
Anoche, bajo un manto de estrellas y una copa a rebosar de un licor delicioso me siento a ver 57 segundos. El planteamiento es interesante (la posibilidad de retroceder 57 segundos en el tiempo) y está Morgan Freeman. Un anciano y prestigioso actor (igual que Anthony Hopkins) puede llevar a los espectadores al cine, pero no garantiza nada. Enseguida la película se convierte, como demasiadas, por desgracia, en una solemne gilipollez. Me irritan las buenas ideas mal desarrolladas o desarrolladas de una forma tan simple, supongo que para complacer los gustos de la mayoría. Me aburren los efectos digitales y la falta de originalidad. Estoy a punto de dejarla, pero a veces peco de indulgencia y me quedo hasta el final. Total, cada uno es libre de perder su tiempo como quiera.
El sábado he quedado con alguien para desayunar. Madrugo mucho, por suerte desde hace años duermo razonablemente bien, pero cuando tengo una cita mañanera me cuesta más conciliar el sueño porque temo quedarme dormido (no, no me gusta usar despertador: mi padre jamás ha tenido uno y me gusta estar a la altura de sus genes, o al menos intentarlo). Me pongo a zapear y al encontrar Master and commander ya sé que estoy perdido.Con esta película me pasa como con El padrino: cuando me topo con ella no puedo dejarla hasta el final, embobado. Master and commanderes una película perfecta. Russell Crowe todavía era Russell Crowe. Ayer la pillé cuando la fragata Surprise está llegando a las Galápagos y no parpadeé hasta que Russell Crowe y Paul Bettany (o Jack Aubrey y Stephen Maturin: sí, también he leído las novelas de Patrick O´Brian; qué pasa) empiezan a tocar a Boccherini (La musica notturna delle strade de Madrid, para los muy cafeteros), mientras la tripulación se prepara, contra todo pronóstico, para un nuevo zafarrancho. El vello de punta y feliz como un hobbit. Me pierden los finales abiertos, aunque prefiero pensar que las mejores historias son las que nunca terminan, aquellas en las que hay algo más allá. Muchos lectores he perdido por eso, pero uno ha de ser coherente, aunque sea de una suicida forma kantiana. Por cierto, la referencia tolkeniana no es casual: Master and commander tuvo la mala suerte de coincidir en la entrega de los Oscar con la última entrega de El señor de los anillos y de las diez nominaciones sólo se llevó dos (fotografía y sonido). Y eso qué importa. La trilogía de El señor de los anillos me arranca muchos bostezos y cada vez que veo Master and commander me dan ganas de enrolarme en un barco, aunque necesite biodramina para no marearme, de ponerme un cuchillo entre los dientes y saltar a la cubierta del enemigo. O de aprender a tocar el violín.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024
Comentarios