Las alegrías


Me olvido el móvil en una casa no del todo ajena. A veces soy muy despistado. Cuando me doy cuenta ya es tarde para ir a buscarlo. Tampoco me apetece. A veces soy muy perezoso. Parece que el mundo se acaba cuando te olvidas el móvil, sobre todo si es de noche y lo tienes conectado por si unas cuantas personas muy cercanas te necesitan, pero el mundo sigue girando, qué bien, sin ti y sin tu teléfono. Saber que no eres imprescindible resulta liberador. Han entrado varios mensajes cuando lo recupero. Tengo todas las notificaciones silenciadas y a veces, cuando miro la pantalla para otra cosa y veo los avisos me lanzo a abrirlos como un adolescente esperando una carta de amor, aunque ya no sea un adolescente y aún crea en el amor; por ser un adolescente que aún espera cartas de amor. Pero uno de los mensajes es aún mejor que eso. No, no os voy a contar si recibo cartas de amor. El puñetero guasap a veces trae buenas noticias. El largo párrafo de un amigo, que empiezo a leer con aprensión inevitable, me alegra la mañana. He dormido mal esta noche, el verano ya me empieza a pesar, pero qué importa. Mi amigo me cuenta que está curado. Llevaba semanas conteniéndome, no quería preguntar, no quería molestar. Hace más de treinta años que nos conocemos. Yo era casi un niño y él casi podía ser mi padre. Nos vemos poco, pero siempre charlamos, con afecto, con respeto y cariño. No hace falta más. 

Si hoy ya nada me podrá estropear el día no es sólo por la buena noticia. También por haber sido uno de los primeros en recibirla. Si los buenos amigos son aquellos que te cuentan sus penas (y les cuentas las tuyas), aún más amigos son quienes te cuentan sus alegrías (y les cuentas las tuyas). Nunca llamo a nadie para contar penas. Eso surge en una conversación, con gente muy escogida. Pero si alguna vez te he llamado o escrito para contarte algo bueno, has acertado: esto va por ti. Porque aún más escogidas son las personas a quienes cuento mis alegrías. Por eso hoy me cruza la cara de lado a lado esta sonrisa de idiota. Me gusta escuchar a mis amigos cuando están tristes. A menudo la gente sólo quiere que la escuches, sin juzgarla (no soporto que me juzguen y aun menos la condescendencia). Si acaso das tu opinión si la requieren. Pero todavía me gusta más escucharlos cuando están contentos: cuando están curados y quieren compartirlo contigo, cuando han obtenido la recompensa de un esfuerzo heroico; cuando ella (o él: tengo amigos y amigas) ha dicho que sí, por fin, y quieren que lo sepas. Es bueno estar rodeado de buena gente que te confía las buenas noticias. Sí, van dos adverbios y un adjetivo iguales en la frase. Es intencionado y lo voy a repetir: buena gente que te hace partícipe de las cosas buenas y te sugiere que algo bueno habrás hecho en la vida para recibir tanto.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024 

 

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