Mentiras
Si escribir es como hacer un estriptís al revés (Vargas Llosa dixit), parece claro que los escritores somos más sinceros sobre nosotros cuando nos zambullimos en la ficción, una forma divertida o inconsciente (me pregunto si ambos términos son sinónimos: deberían serlo) de jugar el escondite. No es tan sencillo agazaparse detrás de los personajes cuando escribes un diario. La vulnerabilidad envara y vas con más cuidado. Muchos de los textos que escribo en esta bitácora adoptan la forma de diario. Es un reto contar tu vida sin contar lo que prefieres que nadie sepa. También lo es inventar y sugerir lo que quieres que algunos sepan. Ayer, tras una larga cabalgada en bici por el campo, satisfecho por seguir disfrutando del pedaleo cada verano y al mismo ritmo a pesar de que se me acumulan las canas en la barba, me siento a ver un episodio de una vieja serie mientras abro una botella de licor que llevaba demasiado tiempo esperando ese momento. También me zampo un helado, aunque no suelo. Es una suerte de celebración. Quizá de liberación y por eso tocaba abrir esa botella, por fin. Pergeñé un texto durante un rato, el hilo de las frases guardadas en algún rincón de mi cabeza, a menudo escribo así. Ninguna de las formas en que se me ocurrió narrarlo servía para un diario. Las razones de la celebración son tan íntimas que sólo puedo contarlas en una historia inventada, como pasaje de una novela o quizá el pretexto para un cuento. Ya lo descubrirá quien lo tenga que descubrir. Si quiere. Si lo entiende. Pero ahora ando un poco alejado de la ficción.
Quién sabe si los años han hecho de mí un mentiroso.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024
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