El tiempo que nos queda
No sé por qué se lo pregunté. Quizá porque cuando voy de copiloto tiendo a filosofar. Menos mal que suelo conducir yo. Si no, acabaría comprándome una toga o un sombrero de tres picos. Tal vez lo dije porque me contó que aún quería disfrutar de la playa antes del otoño, aunque por estas latitudes el verano cada vez es más largo. Aun así, septiembre se está comportando: por las mañanas refresca y algunas noches hay que ponerse algo encima para leer al raso o ver una película. Me gusta.
¿Qué harías si supieras que te queda un año de vida?, solté, a bocajarro. No me refiero a que una enfermedad acabe contigo, sino a un año en perfectas condiciones. Si te dijeran que el cinco de septiembre de 2025 se baja el telón. Piénsalo bien, ¿qué harías? Viajaría, respondió, sin dudarlo. Enumeró varios lugares que le gustaría visitar. Se quedó callada un instante y luego añadió, con cierto rubor: también me acostaría con unos cuantos hombres atractivos. Sonreí, con los ojos y un poco con los labios también, sin dejar de mirar la autovía correr al otro lado de la ventanilla. Mejor no preguntar si yo era uno de esos hombres. Me salvó la campana. ¿Y tú?, me preguntó. La respuesta la tenía más que interiorizada porque lo pienso a menudo y procuro comportarme según lo razonado. Ya lo dijo Gandhi, y si no fue él, me gusta la reflexión: “Vive como si fueras a morir mañana y aprende como si fueras a vivir siempre.” Este verano un médico me dio una noticia buena y una mala. Como no padezco hipocondría y quiero creer que, como quienes me conocen dicen, soy un optimista con los pies en la tierra, me aferro a lo bueno de forma instintiva. Para celebrarlo si era buena, o para aprovechar el tiempo si era mala, ese mismo día entré en una librería y compré un tocho de ochocientas páginas al que tenía ganas de hincar el diente desde hacía mucho tiempo. Soy consciente de cuánto dice de mí ese pequeño gesto, por raro que parezca. También de lo inútil y absurdo, porque aún no he abierto el libro mientras sigo zascandileando de una lectura feliz a otra. Soy así: porque creo que retrasarlos incrementa su disfrute, tiendo a posponer los placeres.
No le conté nada de esto porque ya lo hice cuando pasó. En realidad, le dije, si sólo me dieran un año de tregua para despedirme, serían más las cosas que no haría que las que haría. Al verbalizarlo fui consciente, una vez más, porque apenas cambiaría nada, de la suerte que tengo, de cuánto me gusta mi vida. Daría lo mismo que la tregua durase un año, o treinta, o sólo seis meses. No me quitaría el sueño viajar aunque tampoco rechazaría una escapada. Ya he estado en Berlín, en París, en Salzburgo, en Nueva York, en La Habana, en Lisboa, en Florencia, en Londres, en Cracovia, en Praga y en Moscú. Me gustaría volver a esos sitios y a otros donde ya he estado incluso varias veces y también conocer otros nuevos, pero no me preocupa. Tampoco sería una de mis prioridades seducir a mujeres hermosas, por mucho que me guste seducir a mujeres hermosas y también que me seduzcan; y desde luego tampoco me resistiría a los ojos de una mujer guapa asomados al filo de una copa de vino. Seguiría mi vida tal y como es, quizá en otra parte, para sentirme aún más alejado de todo de lo que ya estoy, más libre todavía, con menos distracciones. Me centraría en lo esencial, escribiría por el puro placer de crear, leería todo lo que me apeteciera sin dejarme guiar más que por mi propio instinto y volvería a ver todas las películas que me diera la gana. Pero todo eso ya lo hago.
Significa lo anterior que me gusta mi vida como es. Ya lo dije más arriba. No necesito más. Soy feliz con lo que tengo y no deseo excesivamente lo que no tengo, decía Tolstoi. Pero un año se pasa muy rápido, ahora viene lo importante: no perdería el tiempo con quien no lo merece, me esforzaría aún más en no enfadarme ni estar serio; evitaría los conflictos, sonreiría más, sobre todo porque las mujeres me dicen que tengo una sonrisa bonita y soy un caballero chapado a la antigua empeñado en complacer a las damas. No discutiría, no intentaría convencer a nadie de que está equivocado, ¿para qué? Les diría a algunas personas lo importantes que fueron en mi vida, escribiría algunas cartas y se las entregaría a alguien de mucha confianza para que se las entregase a quienes correspondiese y cuando correspondiese. Procuraría dejar todo resuelto para no complicar la vida a quienes me sobrevivieran, no volvería a usar las redes sociales más que para despedirme, y a lo mejor ni siquiera me despediría. No me gustan las despedidas. Apagaría el móvil (los míos siempre sabrían donde encontrarme) y me sentaría en un lugar tranquilo hasta que el sol se apagase para siempre.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024
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