Paco

            No teníamos mucha confianza, pero el año pasado me contó lo que le pasaba. No era bueno. Peor todavía: era muy malo. No volví a verlo. No se dejaba ver: prefería que lo recordásemos en pantalón corto y camiseta, eso me dijo.   Quizá haya sido lo mejor: prefiero recordarlo rebosante de salud, su abrazo, la inflexión justa de la voz que uno necesita escuchar para relajarse. De mayor quiero ser como tú, le dije alguna vez. Siempre fue muy amable y cariñoso. Conmigo, con todo el mundo. Lo conocí una mañana luminosa de enero de 2023. Había empezado a practicar yoga unos meses antes, por pura curiosidad, a mi aire, pero intuía que con los tutoriales de Internet no bastaba. La suerte me empujó a su casa. Dos casas pegadas, en realidad: en una vivía y en la otra había construido un hermoso lugar para practicar yoga. El mejor que he conocido, el mejor que conoceré jamás. Enseguida empecé a frecuentarlo, varias veces por semana. Raro era el día que no llegaba el primero y siempre fui el último en marcharme. Te gusta esto, me decía Paco, sonriendo. No sé mucho de yoga, pero casi todo lo he aprendido de él. Soy terrenal. No creo en el destino ni en la vida eterna; tampoco en la reencarnación. Pero quiso la casualidad que hace pocos días le escribiese un mensaje para ver cómo se encontraba. Me contestó enseguida, a pesar del cansancio, a pesar del hartazgo (esto es una larga despedida, me dijo una vez). Aunque iba tarde, me confesó, su objetivo vital era reunirse con algunas personas de la escuela y yo estaba entre ellas. Temí que ese encuentro nunca pudiera producirse y aproveché para decirle algunas cosas: los buenos ratos que he pasado practicando en su centro, las cosas que aprendí, la deuda que siempre tendré con él. Me despedí llamándolo maestro: igual que cuando lo saludaba al recibirme en la escuela y al marcharme. Sé bien lo que es un maestro, añadí, y a muy poca gente he llamado así: en la vida, en el karate (él sabía que lo he practicado desde niño), en mi trabajo (jamás le dije cuál es, por pudor, por discreción, porque soy idiota, porque no me gusta que eso condicione la forma en que me ven los demás, qué sé yo). Me respondió algo muy hermoso. Lo guardaré como un tesoro. 

            Si alguien os importa, nunca dejéis de decírselo. De demostrárselo. Os aseguro que merece la pena. Por él, por vosotros.

Que la tierra te sea leve, maestro.

 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024                

 

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