Extraña forma de vida
Almodóvar me gusta a ratos. Nada grave. Sólo significa que a veces conecto con sus historias y a veces no. Sería de tontos no reconocer su talento y su originalidad. En octubre se estrena su nueva película: La habitación de al lado. Me apetece mucho verla. Su primer largo en inglés. No había sentido curiosidad por el mediometraje con Ethan Hawke y Pedro Pascal, Extraña forma de vida, y cuando me siento a verlo es porque tengo más o menos media hora libre, justo lo que dura. Hay que ser un genio con una personalidad refractaria al qué dirán (si no es un pleonasmo) para rodar un western sin que tu universo deje de ser reconocible en ese territorio tan ajeno. Mejor todavía: llevarte a tu terreno una película del oeste y que siga siendo una película del oeste. La personalidad es una de las cualidades más importantes de un artista. Quizá la más difícil. La que lo distingue del resto en cualquier aventura.
Me habría gustado que Extraña forma de vida durase mucho más. La misma historia más desarrollada. Nunca lo sabré, pero me divierte imaginar cómo habría sido el asalto a Hollywood de Almodóvar a lo grande, con un western homosexual donde uno de los protagonistas cabalga por el desierto con una cazadora de color chillón. Aparte de sonreír para las fotos, un creador poco puede hacer cuando entrega su obra a los demás. Pero jugársela a lo grande y quién sabe si revitalizar el género se me antoja un órdago insuperable.
Da igual. Me ha gustado mucho Extraña forma de vida. Quizá porque tener sólo curiosidad, sin expectativas, es la mejor forma de ser sorprendido.
También en el cine.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024
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