Sonríe, idiota

           A veces no hay que hacer nada. No esperar nada. Sólo dejar que las cosas pasen. Qué importa no acertar los números en el euromillones. Lo juego por costumbre. Muchas cosas que hago por costumbre se revelan absurdas cuando me paro a pensarlas. A menudo me olvido de comprobarlo, quizá porque me gusta mi vida y en el fondo sé que tanto dinero me daría más quebraderos de cabeza que alegrías. Hace años que no me presento a un premio literario, ya no me hace tanta ilusión. Todavía tengo muchos diplomas sin enmarcar, aunque de vez en cuando me quedo mirando algún trofeo, con cierto orgullo, sin duda provinciano pero también legítimo. Tampoco me quita el sueño parir otra novela de seiscientas páginas. Me basta escribir un rato cada día y con suerte armar un par de frases buenas. Me da igual que el vino no sea exquisito, yo no entiendo de vinos, y cuando el camarero me sirve un poco para que lo pruebe lo rechazo con una sonrisa y le digo que estará bueno. Además, con la segunda copa empiezo a decir tonterías, todavía más que cuando no bebo. Me vale el tinto de verano, con muchas burbujas si es posible, y la conversación con un amigo que quiere que escuche algo importante que le ha pasado y al que también acabo contándole algo importante que me ha pasado. Las camareras son amables, y por la noche otro camarero igual de amable vuelve a llenar la copa de vino blanco muy frío; y otro más, cómplice, se acerca a preguntar si aún estamos vivos después de lo que acabamos de probar. Pero la mejor camarera del día es Mónica: se acerca a la mesa cuando estoy desayunando. Deja el trabajo. Le da mucha pena. Me va a echar de menos, dice, con un punto de emoción. A veces pienso que me están gastando una broma. O que me graban con una cámara oculta para un programa de humor. No necesito que me admiren, aunque me agrada, claro. Mucho menos que me envidien. Si acaso, que me envidien la alegría, pero eso ya lo escribió Ray Bradbury. Me emociona sentirme querido, supongo que le pasa a la mayoría, pero también me da vergüenza. Nunca creo merecerlo. Peor todavía: nunca estoy seguro de cómo debo corresponder. Pero si soy muy raro, joder, si ni siquiera me gusta que me inviten a fiestas donde pegar la hebra con desconocidos porque como no estoy fabricado para conversaciones banales suelo acabar en un rincón o marcharme antes de tiempo. Por eso voy a muy pocas bodas, sólo de gente muy cercana, y en más de una he firmado como testigo o me han pedido que agarre un micrófono y diga unas palabras. Prefiero un rato con un amigo muy querido, o unos pocos (no tengo tantos, en realidad) y si vive lejos me alegra el viernes, todavía más, recibir un mensaje donde me cuenta lo bien que se lo está pasando con una película que le he recomendado.

No necesito dar las gracias a Dios cada día porque una mujer amenace con matarme si no la desnudo con urgencia (o muy despacio, eso depende del momento), por muy de acuerdo que esté con eso que dice Julia Roberts en Come, reza, ama acerca de que sólo por estar en una habitación con una mujer desnuda cualquier hombre tendría que dar las gracias a Dios. A veces basta salir a cenar con una mujer hermosa a la que arruino el maquillaje de tanto hacerla reír cuando me río de mí mismo. Y sigue riéndose, aunque en el fondo piense que soy un pedante, y a lo mejor lo soy, pero eso todavía la divierte más, porque al volver del baño le suelto un rollo sobre Kant y el Imperativo Categórico sólo para contarle que he dejado pasar antes a un tipo bajito que venía corriendo a pesar de estar meándome encima. Me encanta cuando tras apaciguar la risa una mujer me dice “qué tonto eres”, o “qué gilipollas”, porque suele significar justo lo contrario. No, no me hace falta sacar del bolsillo un fajo de billetes para presumir ni para comprar el cariño de nadie: es mejor el aguijonazo de alegría cuando alguien me da las gracias, aunque no sea necesario porque sólo he hecho lo correcto. Esta vez me ahorro (o le ahorro) lo de Kant, pero el pedante que llevo dentro no puede evitar citar a Kipling al despedirse. Tampoco es necesario retozar en la cama hasta las diez, total, si me encanta madrugar, aunque el primer café haya tenido que esperar hasta que me clavasen una aguja en el brazo para analizar mi sangre; ni practicar yoga durante hora y media, hacer katas hasta reventar o pedalear por el campo como si me persiguiera un grupo de tarados a ritmo de reguetón. Ya lo haré mañana si puedo. Deporte, digo. Escuchar reguetón ni muerto. Sigo usando el último agujero del cinturón y siento que mi cuerpo aún luce intacto el sello de garantía, aunque la presbicia haya aumentado un poco, eso me han dicho en la óptica. Es lo que tiene usar los ojos. Sin gafas no puedo leer el móvil. Ya están encargadas las nuevas.

            Tampoco pasa nada porque todavía no sea invierno. Ya llegará. Todo llega si esperas lo suficiente. Pronto será diciembre y con suerte estaré en una ciudad lejana, mirando las luces de navidad como un niño. Por ahora me vale con el aire fresco de las mañanas, ya reconforta llevar una cazadora ligera. Empieza la época en la que te gusta ponerte cuqui, me dijo otra mujer una vez, con mucho cariño, cuando el otoño principiaba. No leo ayer, pero qué más da. Leo cada día, o casi, desde que tengo memoria. El viernes me basta con el resultado de los análisis (han tenido el detalle de enviármelos el mismo día). También, bendita casualidad, puedo ver el informe de la prueba de la semana pasada. Todo está en orden. Mejor incluso que eso. Lo del sello de garantía que dije antes no es gratuito, parece. Enseguida lo comparto con quienes más lo merecen. Ellos lo saben. Es mejor ocuparse que preocuparse. Todo el día fuera, no caben más cosas en unas pocas horas. No está mal para un tipo con vocación de ermitaño gastar cada minuto en vivir. Al abrir la puerta, de madrugada, Mowgli pega el costado a mi pierna, con mucha fuerza, siempre lo hace cuando llego. Es su forma de acariciarme. Durante unos minutos jadea de contento, el rabo parece un látigo desquiciado. Está sonriendo, me diría mi madre si lo viera. Me regala unos lametones y se tumba a mis pies.

            Me cuesta dormir. Suele pasarme cuando estoy contento. Es sábado. Aún falta mucho para el alba, pero tengo los ojos abiertos desde hace rato. Pensaba escribir algo sobre la conquista de México, pero ya lo haré otro día. Tampoco pasará nada si no lo escribo. Lo último que necesita el mundo es otra página mía. Y hoy no me apetece leer comentarios desagradables en las redes sociales. Antes de levantarme ya he escrito todo esto, en mi cabeza. Salgo a contarlo, como Dominguín. Pero dudo que despertar junto a Ava Gardner me hubiera puesto más contento. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024 

 

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