Ropa de casa
Cualquier escritor inédito de veintipocos años vendería el alma porque Anagrama o Tusquets le publicase su primera obra. Si es difícil con una novela, cualquiera que conozca un poco el negocio editorial estará de acuerdo en que si además el manuscrito es una colección de cuentos, hay más posibilidades de que Jessica Chastain te llame una tarde para contarte que está aburrida y quiere dormir la siesta contigo. Duerme la siesta conmigo, aunque no la duermas, si nos ponemos poéticos… Que los dos sellos, Anagrama y Tusquets, te ofrezcan publicar los cuentos y tengas que elegir se me antoja más difícil que ganar el euromillones dos veces seguidas.
Pero no es imposible. No sé cuántos escritores, además de Ignacio Martínez de Pisón, habrán sufrido ese dilema (bendito dilema). Cuenta esta anécdota, y tantas otras, en Ropa de casa, la suerte de memorias que acaba de salir. Lo he leído de un tirón, o casi. No recuerdo desde cuándo no me zampo una novela sin levantarme hasta llegar a la última página. Alguna colección de cuentos sí, pero hace mucho. Me debo de estar haciendo mayor porque me suele pasar con las memorias, con los diarios. Cuanto menos artificio y más natural, mejor. Ignacio Martínez de Pisón pertenece a una generación anterior a la mía. Siempre digo, y estoy convencido, que la época de quienes nacieron unos años antes que yo fue mucho más interesante, por salvaje, por romántica, quizá por haber sido adolescentes o muy jóvenes durante la Transición que a mí me rozó de niño. En muchos de sus libros Martínez de Pisón ha contado muy bien esa época. Ropa de casa, sus memorias, aunque es muy joven todavía, no va a la zaga. Pero hay mucho más.
El otro día le contaba a Rafa, entre copa y copa de vino que sabe elegir como nadie, que el próximo libro que leería sería este de Martínez de Pisón. Me dijo que le gusta mucho como escribe. Le conté que lo conozco. En los ojos de Rafa apuntó un destello de asombro y envidia. No dije que fuésemos amigos: ese sustantivo se usa demasiado a la ligera y no quiero que, al menos para mí, se devalúe. No somos amigos, apenas lo he tratado, pero alguna vez he coincidido con escritores que lo conocen bien y han asentido con una sonrisa cuando les he contado una anécdota. Dicen que lo define. Yo también lo creo. Hace un cuarto de siglo gané un premio de cuentos en Extremadura. Me mandaron el acta del jurado y me hizo ilusión ver el nombre de Ignacio Martínez de Pisón. También estaba su dirección de correo electrónico. Me animé a escribirle. Quería darle las gracias y recibir unas palabras de ánimo, algún consejo. Suele pasarnos a los escritores: antes o después, sobre todo antes que después, buscamos el beneplácito de quienes han recorrido buena parte del camino. Ignacio me respondió, con amabilidad y generosidad. Mantuve algún contacto con él. Lo justo para no molestar.
Cuatro años después me llegó el turno de presentar mi primera novela en Barcelona. Silvia, la encargada de prensa, me preguntó qué escritor me gustaría para acompañarme. Martínez de Pisón, respondí, sin dudarlo. Ella me dijo que lo conocía y hablaría con él. Pocos días después me llamó y me dio una mala noticia: “Andrés, Nacho me ha dicho que no te va a presentar la novela, pero que le gustaría comer contigo cuando vengas a Barcelona”. Me hizo gracia que lo llamase Nacho. Lo de comer conmigo, si no me iba a presentar la novela, sonaba a compromiso. Le dije a Silvia que no hacía falta. Que le diera las gracias de todos modos. Ella insistió. Me dio su teléfono. “Quiere que lo llames, hazme caso”. Lo llamé. Se había leído la novela a pesar de declinar presentarla. Me resultaba extraño. Recuerdo el italiano donde comimos en noviembre de 2004. Pasé un rato estupendo. En una mochila llevaba su novela El tiempo de las mujeres para que me la dedicara. Me gusta mucho esa novela. En realidad, suelo disfrutar mucho sus libros, pero a menudo pongo a Martínez de Pisón como ejemplo de algo más importante, al menos para mí: no le apetecía presentarme la novela, o no quería, o no le gustó lo bastante. Qué más da. Fue un acto de generosidad que a pesar de ello quisiera compartir un rato conmigo. No me debía nada, no tenía por qué hacerlo. Pero lo hizo. Siempre le estaré agradecido y lo respetaré (todavía más) por eso.
He conocido a muchos escritores en estas dos décadas. Hay de todo: insoportables, vanidosos, presumidos, pavos reales cuyo máximo afán parece hacerse selfis con cara de malote para colgarlos en las redes sociales. No sé si yo alguna vez he formado parte de las categorías anteriores (lamento si lo he parecido o lo parezco y os pido perdón si es así), pero, creedme: los mejores son los artesanos humildes que van a lo suyo y tal vez sin saberlo nos muestran el camino a los demás.
Insisto: leed Ropa de casa. Si me zampo un libro de un tirón no es por casualidad.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024
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