Tesoros ocultos


            Busco un párrafo subrayado en un libro leído hace años. Suelo recordar muchas frases anotadas, reflexiones, no importa de cuándo. Basta sacar el libro de la estantería y pasar páginas hasta encontrarla. La operación no suele llevarme más de unos pocos minutos. Desde hace tiempo vuelvo a tener casi todos mis libros en el despacho, por fin. Aun sin abrirlos, me gusta su compañía. Tengo que ordenarlos un poco mejor, pero lo voy dejando. La procrastinación es uno de mis puntos débiles. Pero nadie es perfecto. 

            También dejo tesoros ocultos en los libros: papeles que significan algo especial, entradas de cine, tickets de cenas en las que fui feliz o estuve a punto de serlo, pequeños objetos, fotos. Hará una década encontré una pegatina que me regalaron en una oficina de reclutamiento de los marines en West Virginia en 1987. La volví a dejar donde estaba y me esforcé en olvidarlo. En las páginas de una novela estupenda encontré unas fotos que me regalaron hace muchos años, pero como ese libro me gusta tanto y sabía que no podría olvidarlo pensé guardarlas en otro, para volver a sorprenderme algún día. O para buscarlas. Existen distintas formas de ser un explorador decente y vivir aventuras sin salir de la biblioteca. Pero no fui capaz de moverlas. 

            A veces alguien deja tesoros por mí. Quién sabe si también para mí, pero no quisiera pecar de pretencioso. El de esta tarde no esperaba encontrarlo, no sabía que existía. Al separar la cubierta de la primera página encuentro una lima de uñas, rosa. Una mujer que leyó este libro, seguro que por mi recomendación. La imagino arreglándose mientras leía. O la recuerdo. Sonrío. Quizá la lima quedó enterrada sin ninguna intención, como quedan sepultados los objetos que algún día descubrirán los arqueólogos. Encuentro la cita que buscaba, pero ya no me interesa. Vuelvo a dejar la lima donde estaba. Devuelvo el libro a la estantería. Los tesoros son sagrados. Por eso siempre los dejo donde los encuentro y me esfuerzo en olvidarlos, aunque por culpa de esta puñetera memoria sea imposible.

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024 

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