Veinte años no es nada
Dos décadas. Toda una vida. También un suspiro. Primero fue en Madrid. Una veintena de periodistas convocados para desayunar con un joven, desconocido y atrevido escritor andaluz. Digo atrevido por parir una novela de espías cuya trama sucedía casi toda en Sevilla durante la Segunda Guerra Mundial. Había otras formas de dar un triple salto mortal literario, pero elegí esa. Has tenido los huevos de llevarte la trama a Sevilla, me dijo José María Merino. Siempre fue muy generoso conmigo. Por los elogios y porque me presentó la novela en Madrid. Cuatro años después le dediqué una colección de cuentos. Nobleza obliga.
Al día siguiente de Madrid tocaba Sevilla. Las puestas de largo de un libro pueden ser traicioneras: lo normal es que acuda muy poca gente, cuando no la familia y los amigos. Era mejor otro encuentro con la prensa, pero en Sevilla tenía una deuda. Las deudas hay que pagarlas. Antes de septiembre de 2004 deambulaba por un inquietante limbo literario. Lucía un currículum bien nutrido de premios pero, ¿dónde estaban mis libros? ¿Dónde podían comprarse? Un escritor inédito antes o después resulta sospechoso. Si es tan bueno como dicen ¿por qué nadie apuesta por él? Nunca quise presentar los libros publicados por las instituciones que convocaban aquellos premios. Quería reservar ese momento para el salto comercial. Cuánta paciencia, cuánta fe; cuánta tozudez. Todo mi respeto y admiración para ese joven escritor. Dos décadas después quiero seguir estando a su altura.
Nadie podía asegurarme la publicación de otra novela. Si La clave Pinner no interesaba a los lectores y tenía que arrojar la toalla, al menos le habría regalado a los míos ese rato; decirles: mirad, esto es lo que he podido hacer, no sé si será mucho o poco, pero lo he dado todo. Sólo espero que estéis orgullosos de mí. Una semana antes le supliqué al conductor de la empresa de transporte que me esperase, donde quiera que estuviese. Iría a buscarlo aunque tuviera que saltarme todas las normas de tráfico. Al llegar a casa encontré un aviso de lo que no podían ser sino los primeros ejemplares de La clave Pinner.
La Casa del Libro estaba a rebosar. Tuvieron que abrir la terraza. Mi querido Cristóbal Cervantes presentó el acto. También fue muy generoso y cariñoso conmigo. Tras la presentación tenía que salir pitando para presentar el informativo en la tele. He tenido la fortuna de cruzarme con unas cuantas personas así. Nunca lo he contado, pero durante unos segundos, al sentarme y ver a tanta gente expectante, me quedé sin aliento. Les había pedido a mis padres que no se sentasen en primera fila, por si acaso. No me gusta que me vean llorar. Fue sólo un instante, pero temí no poder articular una sola palabra. Lo he dicho muchas veces, lo repetiré una vez más aun a sabiendas de volver a hundirme en el barro de la cursilería. Qué más da: no creo haber sido nunca tan feliz como aquella noche. Quienes me conocen bien, y me sobran los dedos de una mano para enumerarlos, saben que lo digo de verdad.
Con el tiempo llegaron otras novelas y más premios. No tengo motivos para quejarme. Pero fue distinto. La clave Pinner es muy especial. Me cambió la vida, para bien y para siempre. Pinner, me motejan cariñosamente todavía algunos viejos amigos del oficio. Me gusta. Han pasado veinte años y de todos mis libros es el que más lectores ha conquistado. Desde hace tiempo tengo dudas sobre la conveniencia de dedicar tanto esfuerzo a lo que con suerte sólo disfrutarán unos pocos lectores, cada vez son menos. Me consuela esa reflexión de Bertrand Russell: “El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas.” Pero al mismo tiempo sé que escribiré siempre. No por publicar, no por ganar premios ni por salir en la tele ni por tener más seguidores en las redes sociales. Eso es una consecuencia, la cáscara del oficio, jamás un fin. Seguiré jugando a imaginemos porque no puedo traicionar a ese chaval cabezota incapaz de rendirse.
Disculpad la larga parrafada. Pero creo que este aniversario lo justifica. Me largo. Ya os lo he dicho: no me gusta que me vean emocionarme.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024
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