Espejismos
Hoy es el aniversario de la inauguración de la Exposición Universal del
92 en Sevilla, y visto el acontecimiento con la perspectiva de dos décadas uno
no deja de preguntarse cómo pudo (cómo pudimos) tanta gente caer en la trampa
de pensar que después de aquella macroferia sevillana la ciudad sería la más
moderna, la más visitada, la que mejores infraestructuras tendría, y que la
prosperidad, tan efímera y tan esquiva, terminaría regando todos nuestros jardines,
aunque sólo fuera un poco, lo bastante para sacudirnos la mugre
o la pobreza. Pero igual que hoy se celebra el comienzo de la Expo 92 no
estaría de más que dentro de seis meses alguien se encargase de
recordar, aun a riesgo de quedar como un aguafiestas, que después del 12 de
octubre de ese mismo año, no es que todo volviera a ser lo mismo, sino que las
cosas se pusieron mucho peor que antes, la vida más difícil y el fantasma del
paro y la crisis acechando como el lobo convencido de que al final las ovejas
desaprensivas, derrochadoras e ingenuas terminarían poniéndose a tiro. A un par
dentelladas de distancia. Terminó la Expo y las casas ya no se vendían con la
alegría inexplicable del final de los ochenta, los negocios cerraban, la gente
buscaba trabajo con cara de esto no me puede estar pasando a mí. Yo era muy jovencito,
pero viví todo aquello muy de cerca. Sé de lo que hablo: la locura de antes de
la Expo y la miseria que vino después. Pero no aprendemos. Hasta hace tres años
habíamos vuelto a pensar que éramos invencibles porque el dinero nunca se
acabaría, que las casas que comprásemos nos las quitarían de las manos antes de
escriturarlas recibiendo el doble, el triple quizá del adelanto que hubiéramos
pagado. Y otra vez vuelta a empezar.
Pero ahora todo parece mucho peor que lo
que sucedió en el otoño de 1992. Quizá somos nosotros los únicos que no hemos
cambiado. Volveremos a caer en la trampa. No tengo dudas. Antes o después
saldremos de ésta y enseguida se nos aparecerá otro espejismo en el horizonte y pensaremos que la vida no es un desierto en el que rara vez aparece un
oasis. Y luego todo volverá a derrumbarse. Nos lo tenemos merecido. Por
inconscientes, por ignorantes, por no querernos darnos cuenta de lo evidente.
Por imbéciles.
© Andrés Pérez
Domínguez, abril de 2012

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