El público lee
El jueves diluvia en Sevilla y me cuelo en un centro
comercial. Uno de esos emporios a los que la crisis ha sacudido sin piedad y
que, a medida que van cerrando las tiendas más persistentes, se ha convertido en
una suerte de restos arqueológicos con telarañas colgando de los altos techos y
los suelos de madera podridos por la humedad o la falta de uso. Ya no quedan
abiertas ni la mitad de las tiendas, y las que aún no han cerrado tienen un
aire funerario o de enfermo terminal que espanta a los clientes o sólo atrae a
los buitres dispuestos a rapiñar el género que se liquida en las estanterías
medio vacías.
Con tantas nubes en el cielo no es el mejor día para pasear
por un centro comercial moribundo, pero tampoco es mucho mejor quedarse en casa
viendo la tele o encender la radio. La crisis parece una enfermedad contagiosa,
una epidemia contra la que todos queremos protegernos porque la certeza de ser
inmunes es imposible.
Nadie está a salvo. Hace ocho años, cuando publiqué La clave Pinner, mi editorial me llevó
de promoción por toda España. No voy a caer en el momento tonto y decir que
antes todo era más fácil, pero con cada libro que he publicado me he dado
cuenta de que siempre falta algún medio: algún periódico menos, una radio
que ha cerrado sus puertas para siempre, una cadena de televisión que ya no es
rentable, unos cuantos buenos profesionales en la cola del paro. La semana próxima empiezo la promoción de El silencio de tu nombre, y cuando la gente del departamento de prensa
de Plaza & Janés me pasa la lista de los medios que nos van a entrevistar en
cada ciudad enseguida me fijo en los huecos vacíos que siempre consideré imprescindibles
en mi agenda. Cada vez menos páginas, se resignaba malamente una de las chicas de prensa de Plaza & Janés el otro día. Menos periodistas. Menos programas.
Antón Castro ya no hace Borradores en
la televisión aragonesa. Hace un par de días me enteré que Radio Hospitalet ha
desaparecido, y también la televisión. Y hoy me llega un correo de mi amigo Emilio
González para anunciarme lo que ya temía: que el programa El público lee, de la televisión andaluza, baja el telón después de
diez años en antena. Yo había ido cuatro veces a ese programa, tres como
escritor invitado al que varios lectores en torno a una mesa hacían preguntas,
y la primera como lector, en el segundo programa que emitieron, cuando aún no
me habían dado el bautismo comercial en el gremio editorial. A lo mejor me equivoco,
pero creo que he sido el único escritor que ha tenido el raro privilegio de estar
a ambos lados de la mesa. Jesús Vigorra, el presentador, siempre lo recordaba cuando
nos sentábamos delante de las cámaras.
En la última temporada, supongo que por los recortes, ya le habían
cambiado el formato al programa y no había lectores, sino el escritor de turno y
el presentador. Pero ir a El público lee
se había convertido en una sana costumbre cada vez que publicaba una novela. Lástima
que ya no pueda volver a ir.
Me asomo por la ventana y el cielo sigue gris, amenazando tormenta.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2012


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Un abrazo,