El genio discreto
De melómano tengo lo justo. Lo
confieso. Y aunque creo que me pierdo algo estupendo por no haber dedicado
nunca mi tiempo a tocar un instrumento musical, siempre he encontrado una
excusa para emplearlo en otra cosa. Ahora que se ha muerto Paco de Lucía todo
el mundo parecía quererlo o admirarlo, y yo me incluyo entre los segundos porque,
insisto, aunque no he intentado tocar jamás una guitarra, bastaba verlo a él
manejar una durante un instante para saber que se estaba viendo a un genio. Pero lo que
más me gustó siempre del músico no es sólo que fuera un genio, sino además un genio
discreto, de esos elegidos que son tan grandes que les basta un gesto o una
mirada para revelarlo. Venero a la gente así: los que son tan buenos en su
trabajo que no necesitan demostrarlo continuamente, quizá porque no se sienten
inseguros ni amenazados por los de su misma profesión, porque se saben los
mejores aunque no lo digan ni necesiten que se lo digan. O porque les da la
gana y ya está. Como a muchos de mi generación, de adolescente se me caía la
baba con un punteo de Mark Knopfler sin ser consciente de que el
guitarrista de Algeciras quizá estuviera unos cuantos escalones por encima del
líder de los Dire straits.
Dicen que Paco de Lucía era
tímido. Es posible. Pero en una época confusa donde cualquier cantamañanas
presume de algo sin pararse a pensar si sabe de lo que habla o cuyo mérito mayor
consiste en soltar ciertas gracietas malintencionadas para llamar la atención
en las redes sociales, reconfortaba saber que todavía había gente —que todavía
hay, menos mal— cuyo talento bastaba para estar en la cumbre y ser reconocido
por todos como un genio.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero
de 2014


Comentarios