El imbécil
Para algunas cosas me falta
cintura, lo reconozco. Por la ventana de mi despacho llevo ya muchos días
viendo una furgoneta aparcada de mala manera, atravesada, ocupando un espacio
donde se debe aparcar en batería y, si el conductor hubiera tenido sólo un poco
de respeto por los demás, no la habría dejado ahí —tal vez abandonada— ocupando
el sitio donde por lo menos cabrían tres coches. Ayer iba conduciendo por una
avenida amplia detrás de un vehículo que, por la velocidad que llevaba, parecía
que el conductor había hecho un juramento para no adelantar a un caracol. Me
cambié de carril y no pude evitar mirarlo. Pensaba que sería una persona mayor,
con algún problema de visión o de esa clase de gente que se pone al volante de
un coche y enseguida se le engarrotan los brazos y se pone a sudar de puro
miedo a conducir. Pero no, era un hombre de mi edad, y no sé si tendría pánico a
conducir, pero me quedó claro que es capaz de circular por un lugar con bastante
tráfico mientras mantiene una animada conversación vía whatsapp. Lo del whatsapp
y el volante es el colmo. No hace mucho, al cruzar una calle en un paso de peatones, me quedé clavado porque un motorista venía directo sujetando el manillar con una mano mientras que con la otra tecleaba frenéticamente, con ese virtuosismo que tienen quienes parecen vivir en los mensajes de su teléfono. Soy muy radical en cuanto a las normas —si las hay, están para cumplirlas todos, nos guste o no— y veces las de tráfico tienen mucho que ver con las de educación: la gente que aparca alegremente en los lugares reservados para minusválidos, por ejemplo, como si las reglas sólo las tuviéramos que respetar unos pocos tontos.
Pero mi transgresor
favorito de estos días es un idiota que se ha atrevido a conducir por una
autovía desde el asiento del copiloto y además lo ha subido a youtube. En cuanto la policía ha visto
el vídeo el chavalote lo ha retirado, pero ya no hay marcha atrás. No se sabe
su nombre todavía, pero seguro que alguien lo conoce y podrá avisar para que lo
detengan. Si alguien lo identifica desde mi blog me daría una gran alegría, la
verdad. No creo que al final sea tanto, por desgracia, pero parece que le pueden
caer hasta tres años de cárcel. Por conducción temeraria, según tengo entendido.
A ver si revisan el código penal de una vez y al próximo gracioso que se juega
la vida de los demás —la suya, si quiere perderla, es su problema—, además de
por temerario también le caen unos pocos años por imbécil.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero
de 2014


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