Multiplicar la vida
Sostenía Blaise Pascal que el
origen de todos los males del mundo es la incapacidad del hombre de permanecer
quieto en una habitación. No sé hasta qué punto resulta cierta esa afirmación,
pero estos días la practico por obligación, o casi. Yo soy de los que no les
importa estar en casa, en la mía, con mis libros y mis trastos a mano, pero al
menos durante un rato cada día necesito moverme, terminar exhausto y empapado después
de hacer deporte, o como mínimo dar un paseo o conducir un rato hasta algún
lugar donde perderme entre la gente, mirando escaparates de librerías o
curioseando en tiendas, como cualquiera. Pero desde hace unas pocas semanas mi
rodilla arrastra un problema que no es grave pero sí incómodo y doloroso y,
aunque el médico que dice que repose, ya he llegado al punto inquietante en el
que sé que prefiero entrenar a pesar de estar lesionado, aunque así tarde más
en curarme o no me cure nunca del todo, en lugar de estar esperando sentado sin
hacer nada más que leer o ver la tele. Quienes practiquen deporte de una forma
intensa y habitual seguro que me entienden. No está mal leer, ver series o
películas que tenías aparcadas pero, cuando estás acostumbrado al ejercicio
intenso, apenas bastan unos días en reposo para que todo el cuerpo te empiece a
doler, añorando una droga insustituible que apenas puedes compensar dando
largas caminatas por el campo o pedaleando entre olivos, y ya ni siquiera eso, porque diluvia en el sur de España estos días y lo único que te queda es mirar
por la ventana que te separa de la lluvia. Mi rodilla maltrecha y el coche en
el taller me tienen enclaustrado estos días. Al menos poder trabajar es el remedio para sostener la cordura y esta mañana he llegado a las trescientas
páginas del manuscrito de mi nueva novela.
Una de las ventajas de este oficio
tan extraño es ésa: poder concentrarte en un mundo que no existe y multiplicar
la vida.
© Andrés Pérez Domínguez, febrero
de 2014
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