Escritor de cabecera
De cuando en cuando mantengo un debate interesante sobre El
síndrome de Mowgli con los lectores o con los amigos, que muchas veces son
la misma cosa. De todas mis novelas, es la que, hasta ahora, menos lectores ha
tenido, y quienes la disfrutan no dejan de preguntarse y preguntarme por qué.
Reconozco sin vergüenza que es la que menos se ha vendido, incluso con un punto
de extraño orgullo. Me explico: como es lógico, no me hace feliz que una novela
mía no funcione como las otras pero, uno igual que cuenta que otros libros
suyos llevan nosecuantas ediciones debe asumir también que, por alguna razón,
otros no han conseguido interesar tanto. No sé si la cubierta no es la
adecuada, o tal vez los lectores están habituados a leer mis tramas de espías y
no se animan a zambullirse en otro registro, pero es lo que hay. No me quejo:
uno vive de lo que escribe, y a no ser que se pase media vida dando conferencias
o buscando subvenciones (no es mi caso: voy a dar charlas de vez en cuando,
pero no lo hago todos los días, ni siquiera todas las semanas; y tampoco me han
dado ni he pedido nunca una subvención), ha de dar a sus lectores lo que
esperan. El caso es que de vez en cuando me escriben lectores a los que no
conozco de nada entusiasmados después de haber leído El síndrome de Mowgli,
y ahora que la novela tiene una nueva vida en bolsillo no me resigno a que
nuevos lectores puedan acercarse a ella. De todas las novelas que he escrito, El
síndrome de Mowgi es la más especial para mí. La que probablemente tiene más
de mí mismo y de mi manera de ver el mundo. Parece que la hubieras escrito
mirándote al espejo, me decía un amigo cuando la leyó. Puede ser. El crítico y
escritor Rubén Castillo Gallego hablaba ayer muy elogiosamente de El
síndrome de Mowgli en su blog. Valga este párrafo introductorio como muestra
de mi agradecimiento.
“Muchas personas aseguran, convencidas y acaso orgullosas,
que su vida es una auténtica novela; y que si la contaran conseguirían una obra
de primer orden. Pero yerran. Nada es una novela... salvo una novela. Toda
vida, por definición y salvo raras excepciones, es una curva gris. Dibuja su
trayectoria en un eje de coordenadas y ya está. No hay más esplendor. No hay
más grandeza. Pero, como bien saben los matemáticos, las curvas funcionales
presentan a veces puntos de inflexión, instantes en que su trayectoria se
altera y modifica. Es probable que ahí, en esos giros bruscos, se encuentren
las claves para convertir una vida en una novela: detectando esos cambios,
explicándolos, exprimiéndolos, dándoles valor simbólico, emocional y
biográfico. Sólo una mirada estética genera buena literatura.
Andrés Pérez Domínguez supo aprovechar maravillosamente ese concepto en su obra El síndrome de Mowgli, con la que obtuvo el XVII Premio de Novela Luis Berenguer y que ahora reedita el sello Algaida en formato de bolsillo. Su gran protagonista es Rafael Montalbán, un antiguo boxeador de peso superwelter que ha llegado a la madurez sobreviviendo como portero de garitos infames, como guardaespaldas ocasional y, sobre todo, como matón por cuenta ajena al servicio de prestamistas hartos de no cobrar su dinero, de divorciadas que quieren apretar las tuercas a sus exmaridos para que les pasen la pensión fijada por el juez y de tipos que lo utilizan como brazo ejecutor para sus venganzas y ajustes de cuentas. Ahora, harto del rumbo que ha tomado su vida, Rafael decide darle un giro acudiendo a un programa de radio nocturno. Lo que no puede sospechar es que dicho programa se va a convertir en uno de los puntos de inflexión de su existencia, porque le va a permitir retomar el contacto con Lola, una mujer crucial de su pasado. Con ella se vio envuelto, dieciocho años atrás, en una rocambolesca aventura en la que estafó al Gordo (su mentor y la única persona que lo trató con respeto y cariño), se perdió el respeto a sí mismo y viajó inútilmente hasta Lisboa, para descubrir tan sólo que no se puede confiar en determinadas personas y que la meta no suele estar pintada de rosa en nuestras vidas.
Andrés Pérez Domínguez supo aprovechar maravillosamente ese concepto en su obra El síndrome de Mowgli, con la que obtuvo el XVII Premio de Novela Luis Berenguer y que ahora reedita el sello Algaida en formato de bolsillo. Su gran protagonista es Rafael Montalbán, un antiguo boxeador de peso superwelter que ha llegado a la madurez sobreviviendo como portero de garitos infames, como guardaespaldas ocasional y, sobre todo, como matón por cuenta ajena al servicio de prestamistas hartos de no cobrar su dinero, de divorciadas que quieren apretar las tuercas a sus exmaridos para que les pasen la pensión fijada por el juez y de tipos que lo utilizan como brazo ejecutor para sus venganzas y ajustes de cuentas. Ahora, harto del rumbo que ha tomado su vida, Rafael decide darle un giro acudiendo a un programa de radio nocturno. Lo que no puede sospechar es que dicho programa se va a convertir en uno de los puntos de inflexión de su existencia, porque le va a permitir retomar el contacto con Lola, una mujer crucial de su pasado. Con ella se vio envuelto, dieciocho años atrás, en una rocambolesca aventura en la que estafó al Gordo (su mentor y la única persona que lo trató con respeto y cariño), se perdió el respeto a sí mismo y viajó inútilmente hasta Lisboa, para descubrir tan sólo que no se puede confiar en determinadas personas y que la meta no suele estar pintada de rosa en nuestras vidas.
Rafael Montalbán lleva mucho tiempo convencido de que al
final siempre está «tan solo como Mowgli, el cachorro de hombre que los lobos
encuentran en la selva» (pp.100-101) y que esa desubicación, esa orfandad
absoluta, es la metáfora que mejor lo define: alguien que no encaja en ningún
sitio y que, pese a su deseo, debe vivir en completa soledad, lobo entre los
hombres y hombre entre los lobos. Sin más refugio en el que ampararse. Sus
últimos veinte años de vida han resultado ser un cúmulo de traiciones,
mezquindades, bochornos y claudicaciones, en los que no se ha sentido feliz
consigo mismo y en los que ha descubierto que una victoria puede ser una
derrota (la que él experimentó cuando tuvo que enfrentarse con el Vendaval de
Marsella en el ring) y que, por la misma regla de tres, una derrota (que un
antiguo amigo te ofrezca un cheque para que desaparezcas de su vida, o que te
mande a sus matones para que te tundan el cuerpo a base de golpes) puede
dibujar en el aire los jeribeques de una efímera victoria. Volver a Lisboa no
constituye sino un modo de perfeccionar la melancolía.
Andrés Pérez Domínguez
(Sevilla, 1969) es uno de esos novelistas de los que se espera, con justicia y
con fundados motivos, una trayectoria impecable. Por ahora, su quehacer
literario ha sido refrendado con galardones como el Ateneo de Sevilla, el Luis
Berenguer o el Max Aub; pero no hablamos (y esto conviene subrayarlo con
energía) de un novelista y cuentista al que se pueda reducir enumerando la
cabalgata de sus premios. Andrés Pérez Domínguez es un escritor auténtico, un
narrador de los de siempre, un fabulador de raza, un estilista de primera
magnitud. Abrir uno cualquiera de sus libros es siempre aventurarse en un
territorio de tinta donde las bellezas terminan embriagándote. Si se adentran
ustedes en El síndrome de Mowgli seguro que lo convierten en uno de
sus autores de cabecera.”
Podéis leer la reseña original en el blog de Rubén Castillo
Gallego pinchando aquí.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de
2012
Comentarios
Fantástica entrada.
Un saludo.