Antitaurinos
No soy un gran aficionado a los toros. Y mucho menos un entendido. Pero
de vez en cuando veo alguna corrida. De tarde en tarde. Muy de tarde en tarde,
puesto que hasta ayer hacía cinco años que no entraba en una plaza de toros,
creo. Me gustan los toros de la misma forma que el fútbol: esto es, si la
corrida o el partido me resultan entretenidos es posible que los vea. Si no, enseguida
empiezo a aburrirme. Algo parecido me sucede con las novelas. Por eso muchas
las abandono a los pocos capítulos de empezarlas. Pero no nos desviemos. Los
toros, decía. Aunque a mí me gusten puedo llegar a entender que a mucha gente
les resulte una fiesta salvaje y anacrónica. Incluso reconocer que tengan
razón. Pero también digo sin reparos que ellos se lo pierden. Cinco años sin
pisar la Maestranza en Sevilla y cada vez se parece menos a lo que estaba
acostumbrado a ver. No sólo en el público que asiste a la corrida, porque
aguafiestas, graciosillos a los que deberían poner un esparadrapo en la boca
para ver una corrida siempre los ha habido, por desgracia. Uno sólo espera
silencio en este momento. Dentro y fuera de la plaza. Si alguien quiere
protestar o empuñar un altavoz en contra de las corridas de toros está en su
derecho. Faltaría más. Pero la mala educación deslegitima cualquier protesta.
Nos gusten los toros o no, en el albero hay un hombre que se está jugando la
vida.
No se me ocurren muchas formas más literales de describir el riesgo que
poniéndote delante de un toro al entrar a matar. Y el matador de toros y los
aficionados también tienen derecho a disfrutar de una corrida en silencio.
© Andrés Pérez
Domínguez, abril de 2012


Comentarios
para pasarlo bien,lo encuentro inhumano.
A mí también me gusta la foto. Pero sé que no eres muy feriante, guapo.
Besitos
Anónimos (anónimas, espero...): :-)