Basta ver la cara de Alois Hitler para entender un poco mejor
que Adolf haya sido uno de los mayores hijos de puta de la Historia. Eso me
lo dijo un periodista el día antes de visitar la tumba de los padres del
Führer, cuando fuimos a Linz para presentar a la prensa El violinista de
Mauthausen. No digo yo que el periodista tuviera razón al referirse al
bigote estricto y la apariencia sin duda temible del padre del genocida, pero
siempre me acuerdo de aquella frase cuando pienso en la tumba de Alois y Klara
Hitler.
Viene esto a cuento porque mi amigo Óscar Oliveira me contaba el otro
día que, para evitar peregrinaciones neonazis o de curiosos varios (nosotros,
de camino al campo de exterminio de Mauthausen, en noviembre de 2009, también
nos paramos para visitarla), la tumba del cementerio católico de Leonding ha
sido desmantelada. Los padres de Adolf Hitler murieron cuando éste apenas era
un adolescente y nadie podría imaginar que pondría Europa patas arriba más de
treinta años después, pero es como si
hubieran recibido inversamente una herencia de culpa inmerecida o admiración
fanática. Estremece un poco acercarse al camposanto y ver tantas flores frescas
y velas traídas por peregrinos que desde luego no vienen a rendir homenaje a
dos personas fallecidas hace más de un siglo, sino al malvado que engendraron.
Lo curioso del asunto es que aunque se ha retirado la lápida nadie parece
querer aclarar si los restos también van a ser exhumados.
De momento, siguen donde siempre. Y me da que el misterio, o
el morbo, está servido, porque no se sabe si los desenterrarán discretamente y
los llevarán a otro cementerio o, quién sabe, algún nostálgico de las
esvásticas levantará un mausoleo en un lugar secreto para rendir pleitesía a
quienes sin saberlo habían alumbrado al Diablo.
© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2012
Comentarios
Muy interesante, como siempre. Saludos