Los viajes de Chaves Nogales. Tour de El silencio de tu nombre X (Camino de Valencia)


Ni siquiera estoy en casa cuarenta y ocho horas. No faltaba mucho para la medianoche cuando volvía a casa el viernes, y el domingo después de comer ya estoy de nuevo camino de la estación. Salgo para Valencia hoy porque mañana por la mañana tengo varias entrevistas desde muy temprano. No es la primera vez que estoy de promoción en Valencia, y siempre regreso satisfecho. Me gustaría tener algún encuentro con los lectores, pero la agenda es tan apretada que apenas deja huecos entre entrevistas para comer y dormir. Pero al menos esta semana volveré al club de lectura de Mula, en Murcia, donde ya estuve hace casi tres años con El violinista de Mauthausen. Va a ser divertido porque me acompañará Gregorio León. Y no es frecuente que a un encuentro con los lectores además del autor vaya un personaje de la novela. Ya os lo contaré. Los que habéis leído o estáis leyendo El silencio de tu nombre sabéis de quién hablo.
Viajo en el AVE y me siento raro por no haberme encontrado esta vez con Juan José Téllez. Pero quiero imaginar que tal vez está sentado en otro vagón, preguntándose también si yo voy en el mismo tren, antes de bajarse en Córdoba. Como siempre, lo que más me pesan en la maleta son los libros. Con los libros y los viajes me sucede lo mismo que con la ropa: llevo los que creo que podré leer y los de por si acaso. Me aterra la idea de quedarme tirado en un aeropuerto o en una estación, o despertarme en mitad de la noche en un hotel donde me sienta un extraño y no tener nada que leer. Al poco de salir de Sevilla he terminado de leer, después de posponerlo tantas veces, La vuelta a Europa en avión, de Manuel Chaves Nogales. Comparado con una travesía por la Europa de 1928 en los inicios de la aviación comercial, un viaje en AVE no llega a la altura del recreo de unos niños de parvulario. Asombra la tranquilidad con la que el periodista asume hace ochenta y cuatro años varios aterrizajes forzosos en mitad de ninguna parte porque los motores del avión se habían estropeado o se había agotado el combustible. Impagables las descripciones de Berlín, de Moscú y de otras ciudades de la Unión Soviética en plena dictadura del proletariado. Halagar la prosa exquisita y la inteligencia honesta de Chaves Nogales resulta ya un territorio demasiado común, pero resultaría ingrato no hacerlo después de leer sus crónicas lúcidas, alejadas de un dogmatismo que se antoja difícil en aquella época. Lástima que muriera tan joven, en el exilio. Lógico, aunque triste, que haya pasado tantas décadas semiolvidado probablemente porque era demasiado sensato en sus juicios y ni la derecha ni la izquierda españolas, con esa tendencia natural a adjudicarse símbolos, hayan sabido o querido honrar su memoria. Es lo que tiene la falta de sectarismo, que se acaba confundiendo con tibieza. Lo mismo que no exponer tus ideas gritando, que se confunde con pusilanimidad. Igual que la amabilidad a veces se entiende equivocadamente como cobardía. La gente discreta y talentosa que se esfuerza en hacer bien su trabajo por desgracia suele pasar desapercibida casi siempre.
Para el viajero que ama el viaje, dice Chaves Nogales en las últimas páginas del libro, el regreso siempre es un poco precipitado. A mí me quedan varios meses por delante de largos trayectos, pero qué pequeño me siento después de leer el periplo de este paisano mío hace ocho décadas.

Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2012

Comentarios

  1. Enhorabuena por tu gran éxito.
    Cuando por Barcelona??

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  2. Hola, Pakiba. Estuve hace un par de semanas haciendo prensa. Espero que me lleven a Sant Jordi... Un abrazo y gracias por tu comentario,

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