Vocación de héroe. Tour de El silencio de tu nombre IX (Granada)
El jueves por la noche me recibe la lluvia en Granada,
pero me gusta mucho. La mañana siguiente el cielo tiene un manto de nubes,
y me alegro no sólo porque prefiero esa luz gris para las fotos, sino porque ya
no hace calor y resulta menos cansado para ir corriendo de una parte de la
ciudad a otra, chaqueta en mano, para hacer entrevistas. Prefiero el otoño. O
el invierno. O la primavera. Cualquier época que no sea verano. La que tendría
que haber sido la mañana más tranquila resulta la más complicada y estresante
de estos tres días del Tour de El silencio de tu nombre por Andalucía. Juan Luis Tapia, de El Ideal de Granada, el primer periodista
que me va a entrevistar se retrasa un poco por la lluvia y, cuando salimos del
hotel después de un rato de charla amena delante de un café mientras garabatea
mis respuestas en un cuaderno, ya llevamos un retraso considerable. Tenemos que
ir a Canal Sur, y luego a la SER. Y por mucho que me guste la lluvia no es lo
mejor para el tráfico. En Canal Sur me entretengo demasiado después de la
entrevista, y sé que María, aunque no deja de sonreír, tiene ganas de
estrangularme cuando le pido disculpas y le repito que la culpa es mía. La pobre lleva todos estos días haciendo juegos malabares con los horarios, llamando a los medios para retrasar o adelantar una entrevista porque ha surgido un imprevisto, rellenando un hueco cuando algún periodista falla o encajando el momento para que yo pueda atender a un medio que no se ha decidido hasta última hora. Con lo difícil que resulta cuadrar la agenda de la promoción lo menos que puede hacer el autor es no entrenerse más de la cuenta. Y luego está la Ley de Murphy, tan puñetera: el taxista que nos
esperaba en la puerta de Canal Sur se ha marchado sin esperarnos y hay que
volver a llamar. María telefonea a la SER para decir que nos vamos a retrasar un
poco, pero nadie le asegura al otro lado que al final me vayan a entrevistar.
Pero nos acercamos de todos modos, aunque los dos estamos convencidos de que se nos ha
hecho demasiado tarde. En la puerta de los estudios vuelvo a acordarme de
Murphy: por más que apretamos los botones del telefonillo no contesta nadie. ¿Nos
habremos equivocado de edificio aunque de las dos fachadas cuelgue un cartelón
con la palabra SER en amarillo sobre fondo azul? ¿Será que no quieren dejarnos entrar
por haber llegado tarde? Al final María consigue que nos abran la puerta con el
abracadabrante y sencillo método de llamar por teléfono. Todavía tenemos que esperar
un momento hasta que el periodista, tan estresado como nosotros, dice que nos
concederá unos minutos. Al final todo sale bien. Pero la sonrisa de María aún
tardará un rato en aliviar mi desazón por haberme retrasado en Canal Sur.
Por la tarde nos esperan tres horas de tren hasta Sevilla. Y
aunque me gusta el tren acaba pesándome después de tantos viajes. Esto no ha
hecho más que empezar y llevo más de tres mil kilómetros a cuestas, veinticuatro
entrevistas en la radio, ocho en la tele, y no sabría aventurar cuántos
periódicos y webs. Que nadie lo
entienda como una queja. Me gusta la promoción aunque acabe agotado, y si
escribir resulta un raro privilegio, no menos agradecido puede estar uno del
interés de la prensa por tu trabajo. Ya sabéis: sarna con gusto…
Durante el viaje no puedo dejar de acordarme de los personajes de
mis novelas. A menudo me preguntan si tienen algo de mí. Espero que sí.
Mentiría si dijera otra cosa. Como mi querido Rafael Montalbán, el protagonista
de El síndrome de Mowgli, yo siempre
quise ser un héroe. Pero ya que las grandes aventuras las viven mis personajes
al menos me queda el consuelo de que, de todos los hombres que viajan en mi vagón,
yo sea el único al que las mujeres piden que les suba las maletas a la balda
que está encima de los asientos. Me sorprende y me irrita que ningún varón amague
levantarse para ayudar, aunque sólo sea por vergüenza torera. Nada más subirnos
al tren una señora mayor, gaditana, graciosa y pizpireta, me pregunta
en qué estación me bajo para que ayude a ella y a su marido a sacar las maletas
del tren. Se irán una parada antes que yo. Le digo que no se preocupe. Y tres
horas después vuelvo a hacer de maletero. Espero quince minutos de pie, hasta
que el tren, con retraso, se detiene. La pareja de abueletes —durante el tiempo
que estado con ellos he podido comprobar que el marido tiene la misma gracia natural
que su esposa— va a perder el enlace hasta Cádiz y tendrán que esperar dos
horas. Se lo toman con filosofía.
En cuanto se abren las puertas agarro el
maletón, lo saco al andén y vuelvo a subir para ofrecerle mi brazo al marido. Setenta
y tantos largos, ochenta quizá, con problemas en la vista y la panza adecuada
para tener todas las papeletas de perder el equilibrio entre el vagón y el andén. No lo suelto hasta que ya
no hay peligro. Que Dios te lo pague y te dé muchas cosas buenas en la vida,
chaval, me agradece la mujer, con ese tono sincero, guasón y despojado de dramatismo
tonto que sólo puede usar quien ya ha pasado muchas hojas del calendario. Gracias,
“pisha”, me dice el marido al estrecharme la mano. Cuando vuelvo a mi asiento
los hombres del vagón siguen a lo suyo. Tal vez Rafael Montalbán o Martín
Navarro los habrían retratado con la mirada. Yo me limité a acomodarme y a cerrar
los ojos. Satisfecho. Además, creo que a María ya se le quitaron del todo las ganas de estrangularme...
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2012



Comentarios
Pero es grato comprobar que ni el cansancio ni el estrés acaban con las buenas maneras de uno cuando las lleva aprendidas desde la cuna.
Anoche me despedí con pena de Martín y de Erika, me siento como si despidiera a unos viejos amigos en el andén de una estación y me quedara una sensación de incertidumbre sobre su futuro. Me ha encantado la novela, más que la historia en si me gustan los personajes, esa sensación de cercanía en las dudas interiores que humanizan al héroe que no siente que lo es, y ese desencanto natural que llega con el tiempo a quien se entrega con pasión a algo que no depende sólo de uno mismo. ¡Enhorabuena!
Te dejo, que estoy haciendo las maletas otra vez...
Un abrazo,