Vacaciones de mí mismo. (Tour de El silencio de tu nombre I)



Parecía que no iba a llegar el momento, pero nunca hay que tener prisa por lo inevitable. O, como dice mi madre, que es tan aficionada a los refranes: hambre que espera hartura no es hambre ninguna. Pasas la mañana haciendo la maleta y ultimando algunos detalles antes de salir para Barcelona, siempre un poco inquieto porque se te olvide algo importante: los billetes del AVE, el bono del hotel, los cuadernos, los libros de notas y los bolígrafos y el lápiz para subrayar. La promoción no va a empezar hasta mañana, y durante los dos próximos días voy a tener una agenda repleta de entrevistas: unos cuantos periódicos, algunas webs, varias radios, tres o cuatro televisiones. Cualquier hueco es importante para que los lectores se enteren de que El silencio de tu nombre ya está en la calle. Aunque oficialmente el libro no sale hasta mañana, algunos libreros y lectores han colgado fotos en las redes sociales con la novela en sus escaparates o en las manos. Siempre tiene algo de mágico para un escritor que el tesoro que ha llevado en su cabeza durante un par de años de pronto se multiplique por miles en las mesas de novedades de las librerías, y más mágico aún que haya lectores dispuestos a comprarlo y a leerlo, que estén impacientes incluso o que ya estén hablando o escribiendo sobre él. 
Aunque las entrevistas empezarán mañana está previsto que durante el viaje me llame el bueno de Jose Oliva, de EFE, para hacerme unas cuantas preguntas a la espera de que venga el fotógrafo mañana a la sede de Random House para retrarme. Pero nada más subir al tren me encuentro a Juan José Téllez, quien, camino de Córdoba y portátil en mano, aprovecha para hacerme la primera entrevista de todas las que me esperan por El silencio de tu nombre. Cada vez que me encuentro con Téllez acabamos hablando de espías, intercambiando información, detalles sobre un tema que a los dos nos gusta mucho. Nos despedimos en Córdoba y me desea suerte, y tal vez sea una premonoción, porque nada más salir de la ciudad estalla un pedrusco en el cristal junto al que estoy leyendo. No sé si estaba muy concentrado en la revista pero casi no me había dado cuenta. Una vez, hace muchos años, alguien tiró una piedra desde un puente y me rompió el parabrisas del coche. Comparado con eso, un pedrada en la ventanilla del AVE no es más que una anécdota. Pero los viajeros del vagón están tan preocupados que tengo que llamar al revisor. Me ofrece cambiarme de sitio, pero es incómodo tener que levantarme en cada estación porque estoy ocupando un lugar que no me corresponde y enseguida vuelvo a mi asiento. Se ha roto el cristal exterior. El interior sigue intacto. No pasa nada.
Jose Oliva me llama, por fin, cuando nos acercamos a Aragón, y me levanto para charlar un rato sin molestar a nadie. Mientras hablo por teléfono con el periodista de EFE me veo reflejado en el cristal de una ventana y estoy sonriendo. Todavía sonrío cuando cuelgo el teléfono y voy a la cafetería para aclararme la garganta cascada de tanto hablar. Al final te gusta esto, Andrés. Con las pocas ganas que tenías de hacer tantos viajes. Perezoso que estabas. Y es que este trabajo tan extraño es así: estar encerrado durante un par de años fabricando un tesoro y luego salir a contarlo a los demás. Sonrío también cuando lo escribo. Estoy contento. Claro que sí. Mucho. Escribir y que te lean no es más que un raro privilegio por el que uno no puede más que estar agradecido. Cambiar la rutina durante una temporada es la mejor forma que se me ocurre de tomar vacaciones de mí mismo. Y eso ya me iba haciendo falta.


Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2012






Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet